lunes, 24 de agosto de 2015

La corrupción y las cerezas / Ramón Cotarelo *

(Un intento de explicación de la circunstancia actual de España. Y de la de siempre, porque España, ya se sabe, es eterna. Recientemente se bromeaba en Twitter sobre algunos medios que habían dado la noticia de que la primera flor apareció hace unos doscientos millones de años en España. Si non è vero... Los españoles somos así: todo o nada.)
 
Corría el año 2007 y, preguntado por su sueldo en público, en lugar de decirlo sin más, Rajoy soltó la parrafada:  "Miro mi cuenta al final de mes porque lo necesito, lo necesito y muchísimo, y además mi mujer también trabaja, y entonces tengo los problemas que tienen todos los ciudadanos. No estoy en política por dinero". Por aquel entonces ya hacía muchos años que los tesoreros del PP repartían jugosos sobresueldos entre los dirigentes del partido, incluido Rajoy desde el comienzo. Todavía no era público, pero él lo sabía.  Es decir, mintió al ciudadano y, al hacerlo en la TV, a toda la ciudadanía, fingiendo una escasez que obviamente no padecía. En la religión que Rajoy dice profesar, mentir es un pecado mortal. Va contra el 8º mandamiento de la ley de su Dios. Y sin necesidad de buscarnos interlocutores celestiales a quienes no hacen caso ni los que dicen creer en ellos, también la moral racional kantiana condena la mentira y la remite al ámbito inmisericorde de la propia conciencia. Pero hace falta tener conciencia para eso y no parece ser el caso de Rajoy, cuya carrera es un empedrado de mentiras sin escrúpulo alguno y, por supuesto, sin conciencia. La condena kantiana a la mentira se endurece cuando quien miente es un político, porque su relación con la gente es de confianza y la mentira es la ruptura oculta, engañosa, de la confianza. Cuando un político miente y le pillan y vuelve a mentir en el Parlamento y ya es público y notorio que es un embustero, debe dimitir. Salvo que se trate de este pavo, sin dignidad ni vergüenza.

Bueno, se dirá, pero en las democracias no gobiernan solo las personas, también lo hacen los partidos. El Estado moderno es un Estado de partidos. Si la conciencia del líder flaquea o no existe, los otros dirigentes, que sí la tendrán, y los órganos colectivos, se encargarán de restablecer el orden, contrarrestar la mentira y hacer que resplandezca la verdad... salvo que no lo hagan porque, siendo un partido hecho a imagen y semejanza de su líder, los miembros tampoco tendrán conciencia. Si el líder es corrupto, se rodeará de colaboradores y compañeros tan corruptos como él o más. La corrupción generalizada es garantía de conservación del poder del líder. Como en el caso del régimen de Franco, del que se decía que era "una dictadura atemperada por la corrupción". Ningún segundón del PP enmendará la plana a Rajoy porque todos han cobrado sobresueldos y tienen mucho que rascar, razón por la cual, en principio, no están interesados en hablar. Es como un cesto de cerezas: si tiras de una, salen otras varias enganchadas. Pero hace falta tirar. Y nadie tira, de no ser los acontecimienos fortuitos o las denuncias de parte damnificadas. Ninguna autocrítica. El gobierno lleva casi cuatro años saqueando literalmente el país y hundiéndolo más de lo que ya estaba, pero prepara una campaña para las generales basada en la afirmación de que la recuperación ya es un hecho. Y el partido es directo beneficiario de ello. Esto explica por qué el PP tiene 800.000 militantes: porque pertenecer al PP es casi una carrera; un lugar en el que, con independencia de cualquier otra circunstancia, formación, titulación o mérito, si eres caninamente fiel al jefe se te acaba premiando muy por encima de tus competencias personales.Y tienes muchas posibilidades de "forrarte", mientras te "tocas los huevos" (sic). Así que, en este partido de mangantes y embusteros, nadie dimitirá jamás ni pedirá la dimisión de esa vergüenza de presidente.

Por ultimo, si el partido no cumple esta función censora, sabrán hacerlo los votantes, casi once millones de ciudadanos en las últimas generales. Entre tantos electores habrá ladrones tan ladrones como los representantes a los que votan, pero también habrá gente honrada, trabajadora, honesta. Como si no la hubiera. Los electores del PP pertenecen al tradicional pueblo español, ese que según afirman muy ilustres tratadistas, se constituye en nación en sentido subjetivo en la sublevación contra los franceses, precisamente los inventores de ese mismo concepto de nación que los españoles empiezan entonces a esgrimir. No es la única interpretación. También está la de Napoleón, para quien la de España era una sublevación de campesinos fanáticos dirigidos por frailes. Y, ciertamente, de eso hubo mucho. Luego esta original nación sería la de ¡Vivan las caenas! y lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir, que llega hasta nuestros días. Esos once millones salen de este inagotable venero de la raza, el de la luz de Trento, la España una, grande libre y, hoy día, en boca del hombre de los sobresueldos, una gran nación. Y esta gran nación tampoco pide a ningún ladrón que dimita porque está acostumbrada a que la roben y su única esperanza es ver si le queda a ella algo tambien por robar.

Actualmente la corrupción figura entre los principales motivos de preocupación de los españoles. Pero esto es muy reciente. Todavía un par de años atrás, esa preocupación no existía y los resultados electorales mostraban (por ejemplo, en Valencia, con un presidente imputado) que la corrupción del PP, de la que ya se sabía mucho, no la pasaba factura. Hay una vieja tradición picaresca española y de resignado fatalismo frente a la corrupción política, económica, religiosa, moral. Entre ese fatalismo y la esperanza de que, si gana el PP, volverá la corrupción a nadar a sus anchas, el enriquecimiento, el expolio, el saqueo de España. Por eso en este terreno el ataque de la derecha es particularmente incendiario. Pero lo que está claro es que las cerezas saldrían ya entrelazadas en auténticas guirnaldas.

Esos millones de votantes del PP (y algunos del PSOE), conviven tan ricamente con la corrupción generalizada, las mordidas, las comisioness, las subvenciones. Es su mundo. Por un lado o por otro, pillan algo. Es la España de la oligarquía y el caciquismo, la de siempre, como decíamos al principio, fiel a sí misma de un siglo para otro, con una estructura absurda, disparatada, una Iglesia estatal y parasitaria, una judicatura pobre, politizada y favorable a los deseos del príncipe, unos partidos corruptos, una Universidad adocenada y sumisa, unos medios partidistas y a sueldo, un ejército sobredimensionado en mando sobre tropa, con un general por cada docena de soldados, unos empresarios más corruptos que los partidos.

Es imposible romper esta estructura, estas ligaduras corruptas, esta complicidad de una parte de la población con el sistema corrupto, regido por un partido de corruptos y presidido por un corrupto. El pacto al que se llegó al final del franquismo de poner en marcha una monarquía constitucional que permitiera ganar el tiempo perdido (trescientos años) y poner a España a la altura de su tiempo se ha roto con la irrupción de la derecha neofranquista a partir de 2011, ruptura que ha venido a probar qu los seguidores de Franco se limitan a no invocar su nombre, pero boicotean sistemática que se haga justicia a sus víctimas así como todo intento de cumplir con la Ley de la Memoria Histórica.

La única forma de salir de esta maldición secular es que venga una sacudida desde Cataluña. Si la independencia de Cataluña no consigue que España reaccione es que está muerta. Para vivir tendrá que recobrar una dignidad perdida vaya usted a saber cuándo y no dejarse gobernar ya más por sinvergüenzas, ladrones, franquistas y nacionalcatólicos.
 
 
(*) Catedrático emérito de Ciencia Política en la UNED

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